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Orar siempre y Adorar en Espíritu y Verdad. Padre Luis Toro.
Dios desea adoradores «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24), dice Jesús a la samaritana en su diálogo junto al pozo de Sicar.
Toda la existencia de un cristiano está llamada a hacerse adoración del Padre (Jn 4,23), sin que haya espacios donde la luz de Dios no llegue a entrar: ese es el culto espiritual (cfr. Rm 12,1) por el que llegamos a ser templos vivos de Dios, piedras vivas de su templo.
«Haz de tu corazón un altar», dice san Pedro Crisólogo. Para ser uno mismo altar, no basta con dar: es necesario darse.
Todo en nuestra vida se ha de purificar, en unión profunda con la hostia verdaderamente agradable a Dios, el sacrificio de Cristo.
Así, poco a poco, se crea la unidad de vida, se colma el abismo que el pecado abre entre la fe y la vida.
Sin desanimarnos ante las dificultades, descubrimos la maravillosa realidad de que allí donde estamos todo contribuye a nuestro bien, si nos refugiamos en el Amor eterno del Dios Uno y Trino, cuya presencia ilumina toda nuestra vida.
«La lámpara del cuerpo es el ojo.
Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado» (Mt 6,22).
Si nuestras intenciones son rectas, si están encaminadas a Dios y a los demás en Él, entonces todas nuestras acciones se dirigirán hacia el bien, en «una unidad de vida sencilla y fuerte», porque «todo puede y debe llevarnos a Dios».
Sin embargo, a menudo podemos olvidar esta realidad. Por eso, desde el punto de vista espiritual, la formación que se da a los fieles de la Obra tiende a crear en cada uno la unidad de vida, que es característica esencial del espíritu del Opus Dei.
Esa unificación refuerza cada vez más nuestra identidad de hijos de Dios en Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo, que lo vivifica todo a través de la caridad y nos impulsa a la santidad y al apostolado en las ocupaciones de nuestra jornada.
La unidad de vida de Jesús
La unidad de vida «tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro» y es, por el Espíritu
Santo, «participación en la suprema unidad de lo divino y humano realizada en la Encarnación del Hijo de Dios».
Cristo es «principio de unidad y de paz»: Él está siempre unido a su Padre y le reza para que nos santifique en la verdad (cfr. Jn 13,17).
Su alimento, lo que le da vida, es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Todo está orientado hacia esa misión, desde el instante de la encarnación (cfr. Hb 10,5-7) hasta cuando sube a Jerusalén, caminando delante de sus discípulos con la prisa del amor (cfr. Lc 19,28).
Sus milagros avalan sus palabras, y la muchedumbre comenta sin rodeos: «todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37).
En el Señor, consagración y misión forman una unidad perfecta. «No es posible separar en Cristo su ser de Dios- Hombre y su función de redentor.
El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes (1 Tm 2,4)»[8]. Por eso se aplican a Jesús de
modo eminente aquellas palabras de Isaías que Él mismo proclamó en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado...» (Lc 4,18; cfr. Is 61,1). J
Jesús es el Dios y hombre
perfecto que vivió en su vida terrenal
una total unidad de vida y que «en la
misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad
de su vocación»[9]. Él descubre a
cada uno su llamada a reconciliarse
con Dios, y a atraer con alegría hacia
esa reconciliación el ámbito que Dios
le ha confiado en el mundo (cfr. 2 Cor
5,18-19).
Los cristianos, sellados por la cruz en
el bautismo, han conocido siempre la
persecución. «Toda la vida de Cristo
estará bajo el signo de la persecución.
Los suyos la comparten con él (cfr. Jn
15,20)»[15]. Ante la perspectiva del
destierro, san Juan Crisóstomo, el
gran orador del Oriente, no perdía
confianza: «Muchas son las olas que
nos ponen en peligro, y una gran
tempestad nos amenaza; sin
embargo, no tememos ser
sumergidos porque permanecemos
de pie sobre la roca. Aun cuando el
mar se desate, no romperá esta roca;
aunque se levanten las olas, nada
podrán contra la barca de Jesús.
Decidme: ¿qué podemos temer?, ¿la
muerte? Para mí, la vida es Cristo y la
muerte, una ganancia. ¿El destierro?
Del Señor es la tierra y cuanto la
llena. ¿La confiscación de los bienes?
Nada trajimos al mundo, de modo
que nada podemos llevarnos de él.
Me río de todo lo que es temible en
este mundo y de sus bienes. No temo
la muerte ni envidio las riquezas. No
tengo deseos de vivir si no es para
vuestro bien. Por eso, os hablo de lo
que sucede ahora exhortando vuestra
caridad a la confianza»[16].
Las dificultades de dispersión que
plantea el mundo no nos han de
desanimar. Contemporáneo del
Crisóstomo, san Agustín predicaba la
alegría más que el lamento: «¿Por
qué, pues, has de pensar que
cualquier tiempo pasado fue mejor
que los actuales? Desde el primer
Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la
perspectiva humana: trabajo y sudor,
espinas y cardos.
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