Ignacio Gonzalez: 'CUIDEN A SUS NIÑOS' (EPSTEIN)

7 days ago
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CUIDEN A SUS NIÑOS: El silencio incómodo detrás del caso Epstein y la agenda que nadie quiere discutir

En medio del cúmulo de documentos, testimonios y correos electrónicos que rodean el caso Jeffrey Epstein, existe un material que ha pasado casi desapercibido para los grandes medios, pero que resulta profundamente evidente para cualquiera que crea que las élites globales actúan pensando en el bien común. Se trata de un intercambio de correos que expone no solo una visión deshumanizada del ser humano, sino también una agenda ideológica que apunta directamente a los más vulnerables: los niños.

Uno de esos correos fue enviado por Robert Trivers, un académico ampliamente reconocido en Estados Unidos, a Jeffrey Epstein. Más allá de los nombres involucrados, lo verdaderamente alarmante es el contenido y el tono del mensaje. En él se abordan temas como el transhumanismo y la ideología de género desde una perspectiva fría, utilitaria y completamente desligada de cualquier noción de dignidad humana. No se habla de personas, se habla de “resultados”, de “funcionalidad” y de conveniencia para ciertos intereses.

Una forma de pensar en la que los procesos de transición de género son analizados como si se tratara de experimentos sociales o incluso de productos. Se compara la situación de hombres que transicionan a mujeres con la de mujeres que transicionan a hombres, no desde el bienestar psicológico o emocional, sino desde su utilidad dentro de determinados mercados y dinámicas sociales. El ser humano queda reducido a un objeto, a una pieza intercambiable dentro de un sistema que se alimenta de la confusión y la fragilidad.

Especialmente inquietante es la mención a la promoción deliberada de estas narrativas en el entorno familiar, con el objetivo de instalar la idea de que incluso niños muy pequeños pueden o deben cuestionar su identidad sexual. No se habla de acompañamiento ni de cuidado, sino de “empujar” conceptos complejos en etapas en las que el desarrollo emocional y cognitivo aún está en formación. Esto no es progreso; es capitalismo del más salvaje y eugenesia al servicio del mercado.

La infancia no es un campo de experimentación ideológica. Introducir deliberadamente confusión en una etapa tan sensible no puede entenderse como un acto de libertad, sino como una forma de abuso disfrazada de modernidad. Corrupción de menores.

Lo más grave es que estas ideas no se quedan en el plano teórico. Ya han comenzado a traducirse en leyes y políticas públicas en distintos países de la región. En México, por ejemplo, se han impulsado reformas que permiten modificar datos fundamentales en documentos oficiales, incluso en el caso de menores de edad. Estas decisiones, presentadas como avances en derechos, abren la puerta a consecuencias irreversibles que muchos prefieren no discutir.

Además, el uso de recursos públicos para financiar tratamientos y procesos derivados de estas ideologías plantea una pregunta incómoda: ¿por qué todos los ciudadanos deben pagar, mediante sus impuestos, políticas que responden a la agenda de una minoría ideologizada y no a un consenso social amplio? En lugar de fortalecer la salud, la educación y la seguridad, se priorizan iniciativas que profundizan la fragmentación social.

El caso Epstein vuelve a recordarnos que las élites que se presentan como moralmente superiores no siempre lo son. Detrás de discursos sofisticados y palabras de moda, se esconden visiones profundamente nihilistas, en las que la fe, la familia y la naturaleza humana son obstáculos a ser superados. Para quienes creemos que el ser humano tiene un valor intrínseco, creado con propósito y dignidad, esta visión resulta inaceptable.

Cuidar a los niños es una responsabilidad moral. Significa cuestionar narrativas impuestas, exigir transparencia a quienes gobiernan y defender el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus valores. Significa, también, abrir los ojos ante documentos y hechos que muchos preferirían mantener ocultos.

La batalla cultural se libra en las leyes, en las escuelas, en los hogares y en el lenguaje que se normaliza día a día. Callar frente a estos temas no es neutralidad, es complicidad. Y hoy más que nunca, es necesario decirlo sin miedo: los niños no se tocan, no se manipulan y no se utilizan como instrumentos de ingeniería social.

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